top of page
Buscar



En 1994, la indiferencia del mundo permitió que en Ruanda ocurriera un genocidio que en apenas cien días dejó un millón de personas asesinadas. Incitados por un discurso de odio propagado por medios de comunicación, los hutus masacraron a los tutsis ante la vista de un planeta que estaba ocupado en asuntos más importantes. La Convención para la Prevención y Sanción del Delito de Genocidio estipulaba que si un Estado comete un genocidio, Estados Unidos y las potencias occidentales estaban obligadas a actuar, e incluso en intervenir militarmente, para detenerlo, cosa que al gobierno de Bill Clinton no le interesaba hacer después de las 18 bajas estadounidenses que hubo durante la batalla de Mogadiscio, en Somalia. 


La negación por nombrar lo evidente respondía a motivos políticos y económicos. Cada vez que se señalaba que había un genocidio en Ruanda y que era urgente actuar, el gobierno de Estados Unidos recurría al eufemismo, al ambiguo manejo de las palabras y los tecnicismos para esquivar la obligación de intervenir en Ruanda. 


Lo sucedido en Ruanda no era, según Estados Unidos, un genocidio, sino “actos de genocidio”, “guerra civil étnica”, “conflicto entre tribus”, “estallido de violencia espontánea”. El poder de las palabras es tal que lo que no se nombra no existe. Al nombrar algo se reconoce su existencia, se toma una posición al respecto, se enfrenta a ello. 


En cambio, el eufemismo es el disfraz del horror. La Alemania nazi llamó campos de trabajo a los campos de concentración, y centros de reubicación y estaciones de tránsito a las instalaciones diseñadas para el asesinato en masa. Sin ánimo de buscar paralelismos fáciles, pienso en estos eufemismos ante los intentos del régimen por negarle al rancho Izaguirre de Teuchitlán la incómoda etiqueta de campo de exterminio. 


El recorrido que se le permitió a madres buscadoras y comunicadores afines, y la petición (algunos la llamarían exigencia) para que contaran lo que vieron en ese rancho tenía como fin remover los motes de “campo de exterminio” y “el Auschwitz mexicano”. No lo lograron. 


Es claro que ese rancho de una hectárea no tendría equivalencia con los campos de exterminio de Auschwitz. Era lógico que en ese rectángulo desolado no habría enormes crematorios, ni regaderas, cámaras de gas, barracas, chimeneas, ni trenes que descargaran prisioneros en el centro del campo, u algún otro indicio de esa sofisticada y eficaz industrialización de la muerte que implementó la Alemania nazi para cumplir los objetivos de la Endlösung, la Solución Final. 


Eso no quiere decir que en el Rancho Izaguirre no hubo secuestros, tortura, asesinato, desaparición forzada, desmembramiento de cadáveres. Pareciera que a veces se nos olvida qué país es este. No porque sea excesivo llamar al Rancho Izaguirre el Auschwitz mexicano significa que lo ocurrido allí sea un montaje. No importa en dónde están los dueños de los 300 pares de zapatos abandonados, y si están vivos o muertos. Lo que importa es dejar en claro que el Rancho Izaguirre era un campo de entrenamiento, no de exterminio, y que si alguien murió ahí no es un asunto tan grave. 


Al no encontrar letreros en alemán que dijeran que el trabajo los haría libres, los propagandistas del gobierno celebraron que se cayera “el teatro montado por los adversarios y los carroñeros”. Gran triunfo. Al fin y al cabo la violencia es rara por estos lares. Qué tranquilidad. Qué alivio. Ya podemos volver a pasear en el país de los sueños. 


Y con todos los ojos puestos en el rancho Izaguirre, ¿qué estará pasando en los otros campos en México que todavía no se descubren?


Los propagandistas que visitaron el rancho Izaguirre no vieron ningún horror porque este ya se había ido a otras partes. Negados a nombrar lo evidente, prefieren defender un proyecto político antes que conocer la verdad de lo que allí sucedió.


Es preocupante que el movimiento de la transformación comience a sentirse muy cómodo emulando acciones que, hechas por otros en el pasado, hubieran sido condenadas por ellos mismos. Si no tienen reparo en utilizar el lenguaje para maquillar la violencia, ¿por qué no habrían de normalizar otros excesos? Ese síntoma puede verse en las recientes llamadas de atención para el régimen gobernante. 


La dignidad no estuvo del lado de los diputados y diputadas de Morena que arroparon a Cuauhtémoc Blanco y votaron en contra de su desafuero. Ausente la dignidad que Andrés Manuel López Obrador exaltó al final de su discurso cuando, en esa misma tribuna, enfrentó su injusto proceso de desafuero. Lejos estamos de la dignidad exhibida ese día. Uno estaba dispuesto a ir a la cárcel por abrir un camino a un hospital. El otro disfruta del pacto de impunidad. 


Sumemos la impericia de Rubén Rocha Moya en Sinaloa. El desenfreno de los líderes de Morena en las cámaras. La afiliación al partido de otrora enemigos a muerte. La sospechosa y expedita sentencia que ordena a Enrique Graue, ex rector de la UNAM, a indemnizar con 15 millones de pesos a la asesora de tesis de Yazmín Esquivel. El cinismo burlón y altanero de la senadora Andrea Chávez respecto al financiamiento de sus actos anticipados de campaña. Gerardo Fernández Noroña y su cabina de lujo en un vuelo trasatlántico, comodidades que hasta la presidenta de México rechaza cuando las aerolíneas se la ofrecen. La ceguera ante la crisis de desaparición forzada, cuando antes se gritaban los nombres de los desaparecidos. El rodeo en los discursos. Qué tanto es tantito. La devaluación del no somos iguales. 


¿Porque lo hicieron otros, se vale hacerlo ahora? ¿Cuál es el límite? ¿Todo es válido al amparo del pragmatismo, de la realpolitik? Síganle metiendo dulces a la piñata, dirían en mi pueblo. El globo se infla de agua sucia, y hay algunos que piensan que una aprobación presidencial de 80% impedirá que este reviente. 


Si una gota de agua cae encima de una cabeza, no pasa nada. Pero si el goteo es constante, se vuelve un método de tortura. ¿Cuántas gotas más puede soportar el pueblo?


Una vez más George Orwell predijo nuestra realidad política: Hay tanta transformación en la granja que muchos cerdos ya son indistinguibles de los seres humanos. 

 
 
 

Por Mariano A. Moreno



Imagen Satelital vía Reuters, Rancho Izaguirre 2025
Imagen Satelital vía Reuters, Rancho Izaguirre 2025

Yo pensé que habrían pájaros negros volando encima de mí, en círculos, a la espera de que cierre mis ojos. Pero el cielo está tan vacío que no me permite darles ninguna referencia. No hay en el cielo un punto distintivo con el cual pueda guiarlas. La única nube que había desde hace rato se fue sin querer voltear a vernos. Estoy en no sé dónde, y eso puede ser o muy cerca o muy lejos de ti. Que todo salga bien y que Dios te bendiga y vaya contigo. Algo así me dijiste cuando me fui. ¿Quién dice que ahí hay muertos? Calma. No nos precipitemos a las conjeturas. No inventemos películas de terror. Las casas de espantos solamente están en las ferias. Ustedes saben que la imaginación es producto de las mentes más ociosas. Te busco perdida entre sueños, el ruido de la gente me envuelven en un velo…Y no hago más que rebuscar paisajes conocidos…en lugares tan extraños…A mí me dijeron que se trataba de otra cosa. No sé cómo acabé aquí. Por andar persiguiendo la ilusión. No tuve cuidado. Al menos ten el consuelo de que no estoy solo, somos muchos en este lugar…que no puedo dar contigo…¿Quién dice que ahí pasó todo lo que dicen que pasó? ¿Cómo saben que esos hornos no se usaban para hacer barbacoa? No exageremos, este es un tema serio. Tenemos que esperar los resultados de las investigaciones. Estos supuestos horrores no se cometen sin que nadie se entere. ¿En dónde están las denuncias? ¿Y las pruebas del exterminio? ¿Por qué el llano no se ve cubierto de cenizas? ¿Por qué no huele raro? Quiero irme pero no puedo irme. Quiero irme pero no puedo decirlo. Quiero mirar para otro lado, como al cielo azul y despejado que tengo arriba, porque no quiero ver. Finjo que miro pero pienso en ti para que mis ojos no retengan lo que veo. ¿Por qué nos hacen esto, si aquí todos somos mexicanos? ¿Quién dice que no hacemos nuestro trabajo? Ustedes no saben lo difícil que es trabajar con este calor. Yo no sé, yo no supe, esto no fue en mi año, no es mi culpa mía. Aquí entre nos, a veces pasa que cierta gente se merece su destino. Pero les prometo que vamos a investigarlo hasta las últimas consecuencias. No habrá impunidad. Jamás pensé que haría eso. ¿Qué le vamos a hacer? No me pregunten al respecto. Yo ya no sé cuáles son las cosas que hacen llorar a Dios. Te he buscado donde quiera que yo voy, y no te puedo hallar…y tú, quién sabe por donde andarás…¿Quién dice que todos esos zapatos ahí arrumbados son de personas desaparecidas, de personas muertas? Mejor hablemos bien de México. Solo ahuyentan al turismo, a la inversión. Quieren ensuciar la imagen del país. ¿Por qué antes no decían nada? Es muy sospechoso que ahora anden tan vociferantes con estos temas, cuando antes puro silencio…qué lejos estás de mí….No me busquen, no se desgasten desacomodando la tierra bajo el sol, no grites mi nombre en el desierto, no vayas a raspar mi espalda con tu pala, no quisiera que mi recuerdo se reduzca a tres o cuatro huesos que no saben si lo que escuchan son pisadas o gotas de lluvia. Piensa en mí de otra manera. La vida tiene que seguir. Por eso me pregunto, al ver que me olvidaste, por qué no me enseñaste cómo se vive sin ti…No entierren la verdad conmigo. Algún día se sabrá todo lo que sucedió aquí. ¿Quién dice que esto no es una campaña de desprestigio? Ustedes saben que tenemos muchos adversarios políticos. Nuestros opositores solo lucran con el dolor ajeno. Qué van a saber ellos de la empatía. Perdón, mamá. Nunca me gustó que lloraras por mí. Solo espero que en la próxima vida volvamos a vernos. Yo aquí te espero. Yo aquí estaré mucho tiempo. ¿Y si yo lo encuentro, qué? ¿Y si nunca te encuentro, qué?

 
 
 

Actualizado: 19 mar 2025

Escrito por Mariano A. Moreno


Fotografía por Chantal Bodmer vía Unsplash
Fotografía por Chantal Bodmer vía Unsplash



Los ajolotes están en peligro de extinción. Desde tiempos prehispánicos han habitado las aguas del canal de Xochimilco y ahora nadan entre botellas de plástico, latas de cerveza y orina de borracho. Los que logran sobrellevar la contaminación del agua quedan atrapados en redes de pescadores, o son cazados por culebras de agua y por recolectores que los venden como mascotas exóticas, mientras que sus huevecillos son devorados por tilapias inmisericordes. Por nuestra indiferencia, el ajolote es un animal más cercano a la vaquita marina, la mariposa monarca o a los rinocerontes que a la identidad secreta del dios Xolotl. Algún día desaparecerá. Dejarán de habitar en las aguas de Xochimilco y es realmente triste que su ausencia no detendrá la música en las cientos de trajineras que, a falta de espacio, chocan entre sí al navegar por el canal. Lo que desaparece no detiene el ritmo del mundo. Una lástima. Pensando en Xochimilco, qué antojo de una quesadilla de huitlacoche. Tantas cosas que uno piensa mientras espera en la fila de la cafetería. Desayuno, oficina, clase de yoga. ¿Cuál es la diferencia entre el café americano y el café del día? ¿No es lo mismo? ¿Y cuál es el tamaño que mejor me conviene? No hay tanta diferencia de precio entre el mediano y el grande. Decisiones, cada día, alguien pierde, alguien gana, ave maría. Hoy toca junta a las 11. Pobres ajolotes. Jamás le hicieron mal a nadie y aún así van a desaparecer. Como los carteros. Como los dinosaurios. La televisión está encendida pero yo tengo que decidir qué es lo que ordenaré cuando llegue a la caja. Y también tengo que escoger cuál será mi desayuno. ¿Qué quiero? De reojo miro que en el noticiero hay un reportero que anuncia el congestionamiento vehicular de cada día. ¿Por qué la inminente extinción de los ajolotes no aparece en el noticiero? ¿Por qué la gente no levanta la voz y protesta? ¿Hemos normalizado que un animal desaparezca para siempre de la Tierra y que no pase nada? Qué antojo de unos chilaquiles. No, tengo que bajar dos kilos para el traje me quede bien. No importa que los totopos sean horneados. Ojalá la triste noticia de los ajolotes no arruine mi desayuno. Pobrecitos, les prometo que cuando desaparezcan, yo mismo saldré a buscarlos. Después del desayuno tengo que pasar a la tintorería a recoger el mismo traje que quiero que me quede bien, y después toca pagar la luz, porque si lo pospongo se me olvidará, y después revisar los pendientes de la semana, y después la junta de las 11, y después otro cafe, y pensar en los pendientes de la próxima semana, y ya por fin me acerco a la caja, un café del día, por favor, tamaño mediano, y mientras espero el café vuelvo a mirar de reojo la televisión. El reportero denuncia incansablemente la aparición de un bache en una avenida importante, pero lo que llama mi atención son los cintillos en la parte inferior de la pantalla: Hallan campos de exterminio en Jalisco y Tamaulipas. El horror. El horror. El discreto cintillo sigue avanzando: Se estima que la cifra de personas asesinadas en campo de exterminio en Jalisco aumente a mil. ¡¿Pero qué país es este, carajo?!  El país del jamás nos enteramos de lo que ahí sucedía. Tan lejos que se ve el humo en mitad del llano vacío. Me duele. Imagino la ropa tirada en el suelo, las mochilas abiertas, los cientos de zapatos sin nadie, y muchas gracias, disculpe, ¿me podría regalar un poco más de azúcar? Y una tapa. Se me hace tarde para el desayuno. Me merezco esos chilaquiles, aunque sean con totopos horneados, no creo que se note en la fiesta, y mañana que vuelva pediré el café tamaño grande, y esa concha de vainilla que no dejaba de verme, y no olvides ir a pagar la luz, y de paso checar la cartelera del cine, y por dónde viene mi pedido de Temu, y pensar qué comeré hoy en la oficina, y a cuánta gente le gustará la foto de mi desayuno cuando la suba a redes, y cuál será el plan del fin de semana, y qué pasó ayer en la casa de los famosos, y la junta de las 11 y la clase de yoga, y no sería mala idea que el próximo sábado adopte un ajolote…

 
 
 
bottom of page