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I


Arriba de nosotros vive un gigante, un gigante que vigila todas las tierras y las cubre con su sombra. El gigante no se conforma con resguardar su parcela, tan grande y próspera como él. Nada está lejos de su alcance; una noche vio la luna y con un salto llegó hasta ella. El gigante ayuda a los demás siempre y cuando convenga a sus intereses. Si lo que busca es destruir, pisoteará la tierra ajena sin que nadie pueda detenerlo. El gigante hace lo que quiere y cree que su palabra es la ley porque nadie más tiene su tamaño y su fuerza. Si tiene sed, beberá un río. Si está aburrido, inventará una guerra. El gigante piensa que el mundo es suyo y demanda sacrificios a su antojo, sean culpables o inocentes. Nadie está a salvo. Si el gigante quiere comerte, te buscará, te perseguirá día y noche por los confines del mundo, y cuando creas que se ha olvidado de ti, que se distrajo con alguien más, te atrapará, te llevará a su cueva.


II


Rubén Rocha Moya, quien todavía es gobernador de Sinaloa, ya no solamente está en la mira de los narcotraficantes que traicionó. Estados Unidos le ha dejado al gobierno mexicano un plato vacío, para que se lo devuelva con la cabeza del gobernador.


Recordemos quién es Rubén Rocha Moya. Según Ismael El Mayo Zambada, su libertad de medio siglo se rompió cuando aceptó reunirse con el gobernador Rocha y con el diputado Héctor Nemesio Cuén para mediar entre férreos enemigos la sucesión rectoral de la Universidad Autónoma de Sinaloa. Zambada llegó al encuentro con la certeza de que esa noche dormiría en la cama de uno de sus tantos refugios. Acostumbrado a reunirse con el poder político, el viejo capo no olió que aquello era una trampa. En el rancho ubicado en las afueras de Culiacán no apareció el gobernador de Sinaloa, sino un hijo de Joaquín El Chapo Guzmán.


Cada quién está en su derecho de creer o no las palabras de un narcotraficante, pero según lo escrito por Zambada en una carta, en esa misma emboscada fue asesinado Héctor Melesio Cuén: “Lo mataron a la misma hora y en el mismo lugar donde me secuestraron a mí”. Los escoltas también desaparecieron para siempre, y El Mayo, otrora capo di tutti capi, fue forzado por Joaquín Guzmán López a subir a la avioneta que lo llevaría a El Paso, Texas; a la pista en donde decenas de agentes federales aguardaban su llegada, y que después negarían cualquier participación en el acto de magia que de repente arrojó en suelo estadounidense al narcotraficante más buscado.


Ese día comenzó la guerra entre las facciones del cártel de Sinaloa. Y mientras El Mayo era secuestado y Melesio Cuén asesinado, el gobernador volaba a Estados Unidos en el avión privado de un empresario para vacacionar con su familia. Conveniente coartada que le permitió afirmar que él no participó en ninguna reunión ni estuvo en ningún rancho, y que ni siquiera estuvo en México.


Rocha Moya negó cualquier nexo con la captura de Ismael Zambada, pero la fiscalía de Sinaloa, bajo su mando, elaboró un montaje para encubrir el asesinato del enemigo político del gobernador, afirmando que había muerto en una gasolinera tras un intento de asalto. Fue la Fiscalía General de la República la que desacreditó el engaño, la que dio veracidad al testimonio de El Mayo, la que prometió cárcel a los responsables de la treta, y la que dejó en paz al gobernador después de la renuncia de su fiscal.


Lejos de investigarse, el gobernador Rocha recibió gracia por parte de sus correligionarios. El entonces presidente Obrador le refrendó su confianza, la presidenta Sheinbaum lo respaldó en público, los legisladores de su partido presumían su amistad y le exaltaban que no está solo. Para ellos, Rocha Moya era víctima de calumnias. Cualquier reclamo de remover al gobernador, decían,  escondía  en realidad un plan para desestabilizar al desestabilizado estado de Sinaloa.


III


Para Morena, Rubén Rocha Moya es un pan muy duro de masticar. Desde hace meses se ha dicho que el gobernador es un lastre y su apoyo incondicional un disparo al pie del propio gobierno. La inacción contra Rocha Moya y otros impresentables ha sido aprovechada por Estados Unidos para poner a Claudia Sheinbaum en la encrucijada más difícil: sacrificar a Rocha Moya para apaciguar al gigante insaciable, o exonerarlo de inmediato en aras de la soberanía y la no intervención.


Si se entrega a Rocha Moya, nada impedirá que el gigante se conforme con ese gobernador y no quiera más y más. Si se le arropa en el manto sagrado de la transformación, el gigante acusará más nombres, quedará más hambriento, y quizás hasta venga en persona por ellos.


Los defensores de Rocha Moya alegan que Estados Unidos no debe tener injerencia en los asuntos que conciernen a México. Si el gobernador es cómplice de grupos criminales, dicen, que sea México quién lo juzgue porque así se defiende a la soberanía nacional. Por experiencia, preocupa que se invoque soberanía para que ninguna prueba contra Rocha Moya valga. Lejos del dualismo imperante que solo alcanza a ver a un agresor y a un mártir, o a un superhéroe contra un villano, en esta historia convive una potencia extranjera que por supuesto interviene en México con fines políticos, con un gobernador desprestigiado y con fuertes sospechas de participar en el narcotráfico y en el asesinato de un rival. Lo uno no absuelve lo otro.


A pesar de sus buenas intenciones, que realmente considero genuinas, creo que la cara más reprochable del morenismo es el cobijo incondicional a sus corruptos, la tolerancia de manzanas podridas y la justificación de escándalos y excesos con tal de no darle la razón a sus adversarios; el creer que una alta aprobación, una causa y el mantra de no somos iguales permitían no castigar a los suyos.


No pasará nada, ha dicho el gobernador. “Este ataque no es únicamente a mi persona, sino al movimiento de la Cuarta Transformación, a sus emblemáticos liderazgos”. Rubén Rocha Moya demostró que no cualquiera que contara con la bendición de López Obrador era apto para gobernar. Para muestra, su estado en guerra.


Pero si se imponen aranceles a los productos chinos por presiones del gigante; si se cancela el envío de petróleo a Cuba por presiones del gigante; si se le ordena a la Guardia Nacional perseguir y detener migrantes por presiones del gigante; si se desampara a los indocumentados que el gigante persigue en su territorio; si se le envían criminales sanguinarios que mediante acuerdos pueden salir libres; si ante cualquier exigencia se busca complacerlo, ¿por qué el gigante no habría de devorar al más cuestionado de los gobernadores mexicanos?

 
 
 
Fotografía por Mariano A. Moreno, Caracas, Venezuela.
Fotografía por Mariano A. Moreno, Caracas, Venezuela.

Cuando le cubrieron los ojos, a bordo del U.S.S. Iwo Jima que lo llevaba esposado al frío de Nueva York, Nicolás Maduro tal vez comprendió, muy tarde, que David pudo vencer a Goliat solamente en la Biblia.


Supongo que en su trayecto pudo pensar en muchas cosas. Quién lo traicionó, quién lo extrañará, quién abogará por su suerte. Quizás debió haber sido más cuidadoso, menos burlón, menos bobalicón; quizás debió soltar el poder hace tiempo. Ya no importa. Será juzgado en Estados Unidos.


Hace tiempo, en mis años de juventud, hice propio el antiyanquismo de mi abuelo paterno y repudié la lista infame de intervenciones que Estados Unidos tuvo en el mundo. Para mí, la peor afrenta había sido la invasión a México en 1847 y el robo de la mitad del territorio nacional. Desde mi ingenuidad infantil llegué a creer que aquel territorio algún día podría ser recuperado, si es que acaso existían en la gran potencia el decoro, los remordimientos, la conciencia. Fui un niño que se entusiasmaba cada que leía sobre el ataque villista a Columbus, y que se indignaba por la masacre de My Lai, la Operación Cóndor, Bahía de Cochinos, el bloqueo, La Escuela de las Américas, el 11 de septiembre chileno, la invasión a Irak y las mentiras que la justificaron.


A los once o doce años (mal) escribí un cuento que imaginaba el escenario de la tercera guerra mundial, la cual era desencadenada por Estados Unidos, y que terminaba con George W. Bush abandonado a su suerte en una isla desierta, a la Napoleón, después de que todos los países del planeta se unieran en contra suya. Estos sentimientos preocupaban a mi madre, sobretodo cuando, en vísperas de un viaje a Disneylandia, los expresaba en voz alta adentro de la embajada, en pleno trámite para obtener la visa norteamericana.


Influido por Michael Moore, Eduardo Galeano, Silvio Rodríguez y Naomi Klein, condenaba que Estados Unidos se creyera el rey del mundo. Fuese para defender la democracia, combatir el comunismo, el narcotráfico o el terrorismo, la defensa de sus intereses costó vidas, arruinó naciones, cobijó dictaduras sanguinarias. ¿Con qué derecho derrocaban gobiernos que no se alineaban a sus intereses? Bien lo señaló Carlos Fuentes: Estados Unidos persigue enemigos externos con la misma obsesión destructiva con la que el capitán Ahab persiguió a Moby Dick.


Después pasó el tiempo, pasó la vida. Viví algunos años en Estados Unidos, visité La Habana y Caracas. Ahora no estoy seguro de nada. Creo que estamos en una era en la que conceptos como soberanía, diplomacia, derecho internacional, naciones unidas, respeto al derecho ajeno, poco valen en los tiempos de la hijueputez, la rabia y la ofensa.


El secuestro de Nicolás Maduro por parte de fuerzas militares estadounidenses me adentró en el mar revuelto de las contradicciones y las paradojas; de la incompatibilidad entre lo deseable y los medios para conseguirlo.


Fue deseable que después de décadas de impunidad, el narcotraficante Ismael El Mayo Zambada fuera arrestado para responder por sus crímenes. Lamentable que para alcanzar dicho objetivo, Estados Unidos recurrió a una operación encubierta e ilegal que secuestró a Zambada a espaldas del gobierno de México, desatando en Sinaloa una guerra intestina entre facciones del cártel; guerra que aún perdura y de la que nadie se hace cargo.


No me indigna la captura de Nicolás Maduro. Lo siento, serán otros quienes pidan su liberación. No se derrocó a un Jacobo Arbenz, a un Salvador Allende, y presiento que Maduro es extrañado más en los círculos izquierdistas fuera de Venezuela, que nunca padecieron los estragos del chavismo, que por su propio pueblo. La cúpula bolivariana y los países que condenaron el secuestro de Maduro pronto pasarán la página por temor a ser los siguientes en la mira de Trump.


Lamento los bombardeos, las muertes impunes, el precedente que deja esta captura, la amenaza a que cualquiera pueda ser invadido por el ejército de Estados Unidos. En esta discrepancia entre lo deseable y lo posible, ¿cuál hubiera sido la salida práctica y realista de este conflicto? ¿Cómo debería caer una dictadura? ¿Cuáles deberían ser las formas? ¿Se debe permitir que un dictador se mantenga en el poder hasta que muera de viejo? ¿Por qué solemos tener más consideraciones con el gobernante caído en desgracia, que con sus víctimas?


Creo que Venezuela estará mejor sin Nicolás Maduro. No sé si Venezuela estará mejor bajo el dominio y control estadounidense, bajo la rapacidad de sus compañías petroleras y con los remanentes del régimen chavista aún en el poder. Tampoco tengo la superioridad moral e intelectual, ni el hambre, para decirle a cualquier venezolano que haya emigrado o vivido en Venezuela los últimos 25 años que debería indignarse más por la violación de su soberanía y el derecho internacional, en vez de festejar con  cohetes de gozo y campanas de gloria la buena nueva de que el tiempo incontable de Nicolás Maduro ha por fin terminado.

 
 
 

Te dirán que condenan enérgicamente el ataque, te dirán que ya se abrió una carpeta de investigación para dar con los responsables. Te dirán que no habrá impunidad en este caso. Caiga quien caiga, llegaremos hasta las últimas consecuencias. Luego te dirán que, a pesar de todo, las cosas no van tan mal, que el índice de homicidios ha disminuido y las encuestas pintan un mundo distinto. Te dirán que fue un hecho lamentable, toda la solidaridad para tu familia, todo el apoyo para esclarecer el crimen. Al poco tiempo dirán que no fuiste tan cuidadoso. Ni tan inocente. Después de hurgar en tu historia te dirán que con razón pasó lo que pasó. Era de esperarse. Tú llamaste a las balas. Te dirán que tal vez estabas involucrado con malas compañías, que dijiste algo incorrecto, o que alguien cercano a ti rompió unos platos que te tocó pagar. De lo contrario, no se explica lo sucedido. Te dirán que fue un incidente raro, muy raro, si en este país de hombres buenos ya no se asesina sin motivo alguno. Luego te dirán que el culpable fue este, aquel, ellos, ellos, ellos, la derecha, la izquierda, el Estado, algún amante, alguna vieja rencilla, un socio resentido, una deuda, la música prohibida, el diablo, la mala suerte. Te dirán que nada podía hacerse para impedirlo, son cosas que pasan. Basta darle un repaso a la historia nacional. Te dirán que quienes protestan por tu asesinato son buitres negros hambrientos de dolor ajeno. Te dirán que no debe lucrarse con la tragedia. Los mismos que llevan agua a su molino te dirán que es ruin y miserable politizar tu desgracia. Te dirán mira esta gráfica, mira estos números, vamos muy bien. Te dirán que fuerzas oscuras usan tu muerte para desestabilizar; ¿a quién le conviene que los demonios anden sueltos? Te dirán tranquilo, ya arrestamos, ya desarticulamos, seguimos investigando, pero mejor pasemos a otro tema, no conviene hacerle el juego a los carroñeros. Te dirán que no tienen derecho a indignarse quienes no cuestionaron tragedias del pasado. Te dirán que es sospechoso que ahora lamenten tu asesinato cuando antes se asesinaba más. Te dirán, con las balas aún calientes en el cuerpo, que esto es la consecuencia de una violencia que comenzó hace muchos, muchos años. Antes fue peor, todo era peor. Te dirán que no valía la pena, en este país ser valiente siempre sale muy caro. Y mientras las culpas se lanzan de un lado a otro, alguien te dirá que te extraña, que no debiste irte, ahora qué voy a hacer sin ti. Y después ya nadie te dirá nada porque la vida sigue, porque ya te olvidaron para pelear por otra cosa en su muladar favorito, y porque ya mataron a alguien más a quien le dirán que condenan enérgicamente el ataque, que ya se abrió una carpeta de investigación para dar con los responsables, que no habrá impunidad en este caso, caiga quien caiga, llegaremos hasta las últimas consecuencias…

 
 
 
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