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Mango sabor a desconcierto

Fotografía por Mariano A. Moreno, Caracas, Venezuela.
Fotografía por Mariano A. Moreno, Caracas, Venezuela.

Cuando le cubrieron los ojos, a bordo del U.S.S. Iwo Jima que lo llevaba esposado al frío de Nueva York, Nicolás Maduro tal vez comprendió, muy tarde, que David pudo vencer a Goliat solamente en la Biblia.


Supongo que en su trayecto pudo pensar en muchas cosas. Quién lo traicionó, quién lo extrañará, quién abogará por su suerte. Quizás debió haber sido más cuidadoso, menos burlón, menos bobalicón; quizás debió soltar el poder hace tiempo. Ya no importa. Será juzgado en Estados Unidos.


Hace tiempo, en mis años de juventud, hice propio el antiyanquismo de mi abuelo paterno y repudié la lista infame de intervenciones que Estados Unidos tuvo en el mundo. Para mí, la peor afrenta había sido la invasión a México en 1847 y el robo de la mitad del territorio nacional. Desde mi ingenuidad infantil llegué a creer que aquel territorio algún día podría ser recuperado, si es que acaso existían en la gran potencia el decoro, los remordimientos, la conciencia. Fui un niño que se entusiasmaba cada que leía sobre el ataque villista a Columbus, y que se indignaba por la masacre de My Lai, la Operación Cóndor, Bahía de Cochinos, el bloqueo, La Escuela de las Américas, el 11 de septiembre chileno, la invasión a Irak y las mentiras que la justificaron.


A los once o doce años (mal) escribí un cuento que imaginaba el escenario de la tercera guerra mundial, la cual era desencadenada por Estados Unidos, y que terminaba con George W. Bush abandonado a su suerte en una isla desierta, a la Napoleón, después de que todos los países del planeta se unieran en contra suya. Estos sentimientos preocupaban a mi madre, sobretodo cuando, en vísperas de un viaje a Disneylandia, los expresaba en voz alta adentro de la embajada, en pleno trámite para obtener la visa norteamericana.


Influido por Michael Moore, Eduardo Galeano, Silvio Rodríguez y Naomi Klein, condenaba que Estados Unidos se creyera el rey del mundo. Fuese para defender la democracia, combatir el comunismo, el narcotráfico o el terrorismo, la defensa de sus intereses costó vidas, arruinó naciones, cobijó dictaduras sanguinarias. ¿Con qué derecho derrocaban gobiernos que no se alineaban a sus intereses? Bien lo señaló Carlos Fuentes: Estados Unidos persigue enemigos externos con la misma obsesión destructiva con la que el capitán Ahab persiguió a Moby Dick.


Después pasó el tiempo, pasó la vida. Viví algunos años en Estados Unidos, visité La Habana y Caracas. Ahora no estoy seguro de nada. Creo que estamos en una era en la que conceptos como soberanía, diplomacia, derecho internacional, naciones unidas, respeto al derecho ajeno, poco valen en los tiempos de la hijueputez, la rabia y la ofensa.


El secuestro de Nicolás Maduro por parte de fuerzas militares estadounidenses me adentró en el mar revuelto de las contradicciones y las paradojas; de la incompatibilidad entre lo deseable y los medios para conseguirlo.


Fue deseable que después de décadas de impunidad, el narcotraficante Ismael El Mayo Zambada fuera arrestado para responder por sus crímenes. Lamentable que para alcanzar dicho objetivo, Estados Unidos recurrió a una operación encubierta e ilegal que secuestró a Zambada a espaldas del gobierno de México, desatando en Sinaloa una guerra intestina entre facciones del cártel; guerra que aún perdura y de la que nadie se hace cargo.


No me indigna la captura de Nicolás Maduro. Lo siento, serán otros quienes pidan su liberación. No se derrocó a un Jacobo Arbenz, a un Salvador Allende, y presiento que Maduro es extrañado más en los círculos izquierdistas fuera de Venezuela, que nunca padecieron los estragos del chavismo, que por su propio pueblo. La cúpula bolivariana y los países que condenaron el secuestro de Maduro pronto pasarán la página por temor a ser los siguientes en la mira de Trump.


Lamento los bombardeos, las muertes impunes, el precedente que deja esta captura, la amenaza a que cualquiera pueda ser invadido por el ejército de Estados Unidos. En esta discrepancia entre lo deseable y lo posible, ¿cuál hubiera sido la salida práctica y realista de este conflicto? ¿Cómo debería caer una dictadura? ¿Cuáles deberían ser las formas? ¿Se debe permitir que un dictador se mantenga en el poder hasta que muera de viejo? ¿Por qué solemos tener más consideraciones con el gobernante caído en desgracia, que con sus víctimas?


Creo que Venezuela estará mejor sin Nicolás Maduro. No sé si Venezuela estará mejor bajo el dominio y control estadounidense, bajo la rapacidad de sus compañías petroleras y con los remanentes del régimen chavista aún en el poder. Tampoco tengo la superioridad moral e intelectual, ni el hambre, para decirle a cualquier venezolano que haya emigrado o vivido en Venezuela los últimos 25 años que debería indignarse más por la violación de su soberanía y el derecho internacional, en vez de festejar con  cohetes de gozo y campanas de gloria la buena nueva de que el tiempo incontable de Nicolás Maduro ha por fin terminado.

 
 
 

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3 comentarios

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Juanjo
hace 12 horas
Obtuvo 5 de 5 estrellas.

Coincido plenamente con las dudas e incongruencias que deja la caída de Maduro. Celebración y preocupación, motivos para creeer que las cosas pueden mejorar y a la vez, que todo puede seguir igual. Saludos mi buen

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Raúl G.
hace un día

Muy bien como siempre, excelente Mariano!

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Invitado
hace 2 días
Obtuvo 5 de 5 estrellas.

Excelente artículo

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