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Fotografía por Mariano A. Moreno
Fotografía por Mariano A. Moreno

El Atracadero se atracó en la playa de Coatzacoalcos una semana después de que el desbordamiento del río Tuxpan lo arrancó de sus raíces. Desde el malecón inundado y las azoteas lo vieron adentrarse en la oscuridad. Cuando terminó el diluvio que azotó el norte de Veracruz, El Atracadero ya se encontraba muy lejos, vagando por afluentes que habían devorado pueblos y caminos. Como no sabía dónde estaba el oeste y dónde está el sur, dejó su destino al criterio de las corrientes. Sin darse cuenta, apareció en el mar. Mientras tanto, en tierra la gente barría el lodo de sus casas y trabajaba para reconstruir la vida, sin pensar en el paradero de la nueva arca de madera.


En la playa, la gente se congregó a su alrededor como si aquello fuera una ballena muerta, como si hubieran atestiguado el aterrizaje forzoso de una nave extraterrestre. Días antes se le había visto navegar sin rumbo por Alvarado, por las aguas mansas del Golfo de México, hasta que se avistó su llegada frente a la costa de Coatzacoalcos. Algunos lo confundieron con un barco con forma de casita. O con una plataforma petrolera algo chaparra. Otros tal vez pensaron en el regreso de Quetzalcóatl y su balsa hecha de serpientes. La expectación creció antes de que fuera llevado a la costa y ya no pudiera avanzar más. Al principio, fueron pocos los curiosos que se acercaron a darle la bienvenida a ese ahogado que habían traído las olas. Después se esparció la voz.


El Atracadero encalló frente a una de las áreas más desoladas del malecón, zona de dunas, parcelas en venta, postes de luz de dudosa potencia y un hotel aislado, y de pronto la convirtió en el punto más concurrido de Coatzacoalcos, con sitio de taxis, música, payasos y vendimia de cocos, raspados, esquites y algodones de azúcar. Los mismos cangrejos, acostumbrados al sosiego de esa playa, se habrán preguntado el motivo de tantos retumbos encima de sus madrigueras.


¿Ahí vivía una muchacha?, preguntó un niño al verlo de frente. No, le respondió su madre. Era un restaurante.


Todos se toman fotografías con la estructura viajera, inclinada como un barco en hundimiento. Algunos se quitan el calzado y se acercan cautelosos, no vaya a ser que el Leviatán despierte. Se asoman por la puerta y las ventanas rotas, tal vez esperanzados de que los lancheros que lo interceptaron en el mar no se hubieran llevado todo el mobiliario que ahí había. Dos hombres escudriñan la base partida con mediciones hechas al tanteo, intentando descifrar su desprendimiento. La mayoría lo mira como si quisiera preguntarle qué cosas vio en su odisea, cuánto tiempo durará su reposo, en quién pensaba mientras flotaba en la estela de la noche.


Algunos se atreven a escalar la estructura para posar ante las cámaras desde el elevado primer piso del restaurante. Un señor con sombrero salta a la arena después de tomarse fotografías, y al caer de pie suena como si le rebotaran todas las vértebras de la espalda. Es una imprudencia, dice una señora. Cree que si alguien termina lastimado, la policía acordonará la zona y se acabará la fiesta.


Cae la tarde y unos visitantes llegan con mesas, sillas, hieleras. Beben cerveza mientras contemplan a la ballena de cedro. Otros, no conformes con haberla apreciado por horas, la despellejan para llevarse a sus casas un trozo de recuerdo. Para que algún día les crean cuando digan que sí, yo estuve ahí el día que encalló el restaurante que vino del mar.


El cielo oscurece. Lejos de dispersar a la multitud, la noche atrae a más y más peregrinos. Allí esperarán hasta que el gran monolito les diga algo. Solo falta que le arrojen flores, que claven en su corteza cartas y peticiones, que le canten, que lo cubran con una carpa de circo para protegerlo de las lluvias, que lo transfiguren en la fogata más grande que se haya visto en esa playa, y bailen alrededor suyo.


Hay quien propone que El Atracadero se preserve como atractivo turístico, que se le declare patrimonio de la humanidad, que se vuelva un lugar de peregrinaje y recarga de buenas vibras, un nuevo sitio en donde se citen los enamorados y sonrían las quinceañeras. Que se le declare un área protegida antes que se pudra su madera o esta sea grafiteada. Antes que las hormigas rapiñen su esqueleto. Antes que Tuxpan se recupere del desastre y exija la repatriación de su hijo pródigo. Que ya nunca se vaya, que se quede anclado en la posteridad, para que las inteligencias del futuro sean las que determinen, después de intensos debates y elucubraciones y hallazgos arqueológicos, por qué hubo un momento en la edad del mundo en la que el naufragio de un restaurante de mariscos atrapado en la arena se convirtió en el mayor atractivo de la playa de Coatzacoalcos.


 
 
 
Fotografía por Mariano A. Moreno
Fotografía por Mariano A. Moreno

Ocurrió en la laguna Nichupté de Cancún, hace muchos años, antes de la invasión del sargazo y del tráfico vehicular en la zona hotelera y de la construcción desenfrenada de edificios que bloquean la vista al mar. Yo era un niño interesado en los animales salvajes, en parte por culpa de películas como Tiburón y por los documentales de la vida animal que me mantenían despierto los sábados por la noche, cuando mis padres no estaban en casa. 


Puede que supiera que aquella laguna era hábitat natural de cocodrilos cuando escuché la historia sobre un turista estadounidense que fue perseguido por un cocodrilo después de adentrarse en los manglares porque tenía que orinar; incidente tan repetido que bien podría sonar a leyenda urbana o a cuento con moraleja para disuadir a los niños de acercarse a su territorio. Como suele suceder, yo solo tuve más ganas de buscar cocodrilos en la laguna. 


La única persona que secundó mi descabellada misión fue mi abuela. Lejos de desmotivarme diciendo que era falso que los cocodrilos vivieran ahí, o que no llegaban a orillas de la laguna, que ya estaban extintos o que ya había comenzado la falsa temporada en la que migran a otras aguas, me dijo que ella podría acompañarme a buscar uno.


Llegamos cuando el sol aún era fuerte, en el último día de las vacaciones. Quién sabe por qué, pero el lugar escogido para el avistamiento de cocodrilos fue un conjunto comercial llamado Flamingo Plaza, hoy cerrado permanentemente y que en su lejano esplendor tuvo un Planet Hollywood y almacenes de souvenirs, joyerías y varias tiendas que ya no existen. Tal vez no había dinero para esperar durante horas la llegada del cocodrilo en un restaurante pegado a la laguna, o para visitar granjas de reptiles en donde los cocodrilos yacen amontonados en estanques, inmóviles y con el hocico abierto detrás de una valla. Verlos nadar en plena naturaleza sería mejor. Nos acercamos al mirador de la laguna y se me hizo normal que no hubiera ningún cocodrilo en el agua. Todavía era temprano y eventualmente uno tendría que llegar. Cerca de ahí, un letrero con la silueta de un cocodrilo me confortó. Si se alertaba de la presencia de cocodrilos en la zona quería decir que la aparición de un ejemplar sería inminente. Solo era cuestión de tener paciencia. De tanto ver la laguna, una sombra y unos ojos amarillos emergerían del agua. Eso pensaba. 


Recuerdo que mi abuela le preguntó a un trabajador de algún restaurante cercano, que iba y venía cerca de nosotros cargando cajas, si era cierto que los cocodrilos arribaban a ese punto. Todas las tardes, dijo el trabajador, a veces aparecen en la noche, vienen por las sobras de comida de los restaurantes, en cualquier momento llegará uno. 


Mi expectativa era alta, tan alta que parecía estar a la espera de un gigante monstruo mitológico. Por culpa de los documentales de Discovery Channel esperaba ver a las mismas criaturas que atrapaban a los ñus y búfalos que cruzaban ríos en manada, que desgarraban la carne dando volteretas para después comer mientras lloran; a los crueles y oportunistas cocodrilos que se aprovechaban de la sed de las cebras y de la mala visión de los elefantes y que alguna vez, escasos millones de años atrás, compartieron el aire con los dinosaurios. 


Los animales salvajes no saben de horarios, promesas, ni de compromisos. Para mitigar la espera dejábamos el puesto de vigía y nos entreteníamos en la aburrida tienda de artesanías y en una farmacia, esperanzados de que al volver al mirador, ya hubiera llegado un cocodrilo. Yo temía que en alguna de esas ausencias el cocodrilo asomara los ojos. Por eso salía rápidamente de las tiendas y me adelantaba al puesto abandonado. El agua seguía calma y la vegetación, oscura. Ya se había encendido una farola, y el empleado del restaurante me miraba extrañado de que todavía siguiera allí. 


Esa noche ningún cocodrilo apareció frente a nosotros. Nos dejó plantados, recalcaría mi abuela más tarde, como si el reptil hubiera empeñado su palabra de honor a que llegaría en el momento exacto de la puesta del sol, y luego nos hubiera traicionado. 


Me habré subido al coche desilusionado, sintiendo culpa por haber malgastado el último día de las vacaciones, y con ese tipo de tristeza muda que sienten los niños cuando el mundo los decepciona. Puede que me durmiera con la sensación de que un cocodrilo llegó más tarde, cuando ya nadie lo esperaba. 


Mi abuela recuerda bien esta historia, y su versión es mejor que la mía. Yo la recuerdo mientras camino bajo el sol en otro centro comercial de Cancún, junto a un cuerpo de agua y después de ver un letrero que advierte sobre cocodrilos que no aparecen. Le cuento esta historia a la persona que ha caminado conmigo desde hace algún tiempo, mientras nos detenemos en un barandal para ver si algo se mueve debajo del agua. Cerca de nosotros hay una banca vacía, y gente que pasa de largo. 


—No te sientas triste. Yo me sentaré contigo a esperar al cocodrilo.

 
 
 

En su artículo Personalismo electoral, publicado en El Heraldo de México en 1919, Martín Luis Guzman escribió:


Elecciones —elecciones de presidente, de magistrados, de diputados, de gobernadores, de munícipes—: siempre es esto en México sinónimo de posibles graves conflictos.


Más de un siglo después habrá que añadir a esa lista las elecciones a jueces y ministros de la Suprema Corte de Justicia.


No me gusta la reforma que se hizo al poder judicial. No porque la impartición de justicia en México fuera inmejorable, o expedita, gratuita, imparcial, ya ni se diga justa. Creo que lejos de desmantelar los vicios de un sistema corrupto, es probable que los profundice bajo el amparo de la voluntad popular.


La elección judicial me genera dudas por las trampas, cohecho y traiciones que le dieron vida; por el embrollo que tuvo la gente para votar por diez cargos distintos; el voto a ciegas por numerosos perfiles que nadie conoce; y por la baja participación. ¿Realmente el pueblo de México votó a conciencia cuando una mínima parte de ese pueblo fue a las urnas a anotar los mismos números de la suerte que alguien más seleccionó por ellos?


El día de la elección llegué temprano a la casilla porque mi intención era liberarme de compromisos cívicos lo antes posible. En menos de un minuto pude emitir mi voto a la presidencia municipal de Coatzacoalcos. Ya casi todo estaba listo para ir a desayunar,  leer noticias y hacer las cosas triviales que se hacen los domingos.


Pero aún faltaba una votación más.


En la casilla de enfrente había una larga fila capaz de desmotivar a cualquier penitente, que crecía con cada segundo que pasaba. La casilla estaba cerrada porque ninguno de los funcionarios de casilla, con la excepción del presidente, se presentó a cumplir con su deber, igual que algunos legisladores que votaron a favor de la reforma y que en el día de la elección prefirieron estar lejos de la extraña criatura a la que ayudaron a engendrar.


¡Necesito cinco voluntarios!, gritó el funcionario del INE. Cinco voluntarios que quieran participar en la jornada electoral como funcionarios de casilla. La gente, formada desde el canto del gallo, no podría votar si no aparecían cinco voluntarios. ¿Cuánto pagan?, preguntó una señora. Le respondieron 550 pesos y ella miró a otro lado. La fila crecía a la par del descontento y de los rayos de sol. Se quejaban de la inacción y la demora para abrir la casilla, de la inminente tortura del calor, incluso acusaban intentos de boicot, pero nadie quería levantar el brazo y sacrificar su domingo sagrado en nombre del “ejercicio democrático más envidiado por todo el mundo”.


El funcionario del INE, a unos pasos del linchamiento, reiteró que no podía abrir la casilla hasta tener a los cinco voluntarios.


Yo tenía muy claro que me abstendría de votar por jueces si aquello implicaba estar parado más de media hora bajo el sol. Y sin embargo, ahí seguía, a la espera de no sé qué cosa, de no sé qué señal, viendo la fila inamovible de gente ansiosa por votar. De gente que a pesar del contratiempo no quería perder la oportunidad de participar en la elección judicial. Estuviera o no de acuerdo, aquello era histórico. Y había llegado para quedarse.


Los detractores de la elección bien podrían haberse jactado del fracaso para abrir una simple casilla por falta de voluntarios e irse a casa con la ramplona satisfacción del se los dije, yo siempre tuve la razón. Pero nadie desertaba de la fila. Ni el sol, el desorden y la confusión lograban desalentar a los recién llegados de sumarse a la anaconda malhumorada.


El funcionario del INE se encerró en el salón de clases con el presidente de la casilla, incapaces de hacerle entender al clamor popular que sin voluntarios que ejercieran de secretarios y escrutadores simplemente no podían instalar y abrir el centro de votación.


Ante la parálisis de la muchedumbre, una señora levantó la mano y dijo que de cualquier modo no tenía mucho qué hacer ese domingo.


No recuerdo si recibió algún aplauso. No importaba. Abrió la puerta y ya no saldría de ahí hasta catorce horas después. Afuera, la gente acalorada seguía esperando a los cuatro voluntarios faltantes. Volteaban a verse entre ellos, se decían los múltiples compromisos del día, la imposibilidad de alterar su saturada agenda, los achaques, los niños que se quedaron en casa solos, los reclamos entrecruzados por falta de civismo.


En ese momento recordé una frase que días antes había escrito en una novela en progreso: ¿Qué castigo le depara a quienes oyen el insistente llamado de la historia y prefieren irse a dormir?


Algún día sabré si los peores arrepentimientos devienen de cosas que se hicieron, o de lo que no se hizo.


Y entonces alcé la mano, y me acerqué a la puerta.

 
 
 
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